Quiénes somos

Me llamo Nora. Y hay días en los que todavía no puedo creer que esté haciendo esto sin ella.

Esta tienda no fue idea mía. Fue idea de mi madre.

Me llamó un jueves por la tarde así, sin más, mientras cocinaba y me dijo: «Nora, se me ha ocurrido algo. Escúchame».

Mi madre no era una mujer de negocios. No era una emprendedora. Era una mujer de 61 años que había dedicado toda su vida a su familia, a sus amistades, a sus pequeñas alegrías. Y una de esas alegrías eran las joyas.

No las caras. Nunca las caras.

Un pequeño anillo que encontró en un mercadillo de Sevilla. Un collar que llevaba el día que mi padre le pidió matrimonio. Una pulsera de oro delgada, sencilla, casi imperceptible que nunca se quitaba. Ni mientras fregaba los platos. Ni mientras dormía. Ni en el hospital.

«Las joyas recuerdan lo que olvidamos», solía decir.

Aquel jueves por la tarde me contó su plan. Una pequeña tienda. Sin grandes ambiciones. Solo vender piezas bonitas que significaran algo. Para mujeres como ella. Como sus amigas. Como yo.

Le dije que lo pensaría.

Me llamó de nuevo al día siguiente.

Y al día siguiente.

Mi madre no era de las que se rendían.

Así que empezamos. En la mesa de la cocina donde solía hacer los deberes de niña. Con un té que siempre estaba demasiado fuerte y un portátil que siempre iba demasiado lento. Buscamos proveedores, elegimos el embalaje, debatimos cada foto, cada fragmento de texto.

Me enviaba mensajes a medianoche con fotos de joyas. «Esta. Esta es. Nora, mira».

Fueron los dieciocho meses más bonitos de mi vida.

Y entonces, una mañana cualquiera de martes de noviembre, se fue.

Sin despedidas. Sin última conversación. Estaba aquí… y de repente ya no estaba.

Cerré el portátil. Cerré las cajas. No podía mirar nada de eso.

Pasaron semanas. Quizá más. Sinceramente, ya no lo recuerdo.

Una noche no podía dormir, como tantas otras noches durante aquella época me acerqué a su joyero. Esa pequeña caja de madera que siempre estaba en su mesita de noche. La abrí.

La pulsera estaba encima.

La cogí. Me la puse. Y me quedé allí sentada un rato en la oscuridad.

Y en algún lugar de ese silencio, lo supe.

Ella no empezó esto para dejarlo. Lo empezó porque creía que las joyas son más que metal y piedras. Que guardan recuerdos. Que pueden recordarle a una mujer quién es en los días en que lo olvida.

Ahora dirijo esta tienda sola. Pero nunca estoy realmente sola.

Cada vez que hago una compra, oigo su voz en mi cabeza. «Esta. Es esta. Nora, mira».

Esta tienda es para ella. Y para todas las mujeres que saben por experiencia propia que las cosas más bonitas de la vida son las más pequeñas.

El pequeño anillo que nunca te quitas.

El collar que te pones en tus mejores días.

La pulsera que te recuerda quién eres.

Bienvenida. Me alegro de que estés aquí.

— Nora